Hay un viaje que no aparece en los mapas, pero que todas recorremos.
Un tránsito silencioso, profundo, a veces confuso… y otras veces revelador.
Es el viaje de la mujer desde la niñez hasta la adultez.
Hoy quiero que hablemos de esas etapas que marcan nuestra identidad, nuestros miedos, nuestras heridas y también nuestra fortaleza.
1️⃣ La niñez: donde nace la identidad
En la niñez aprendemos quiénes somos según lo que escuchamos y vivimos.
Es la etapa de la inocencia, del juego, de la imaginación. Pero también es el momento donde comienzan a construirse nuestras primeras creencias:
• ¿Soy suficiente?
• ¿Soy bonita?
• ¿Soy inteligente?
• ¿Mi voz importa?
Aquí no hay grandes cambios físicos, pero sí se forma la base emocional.
Una niña que se siente escuchada crece segura.
Una niña que se siente ignorada comienza a dudar de sí misma.
En esta etapa se siembran las raíces de la autoestima.
2️⃣ La adolescencia: el despertar y la confusión
La adolescencia es una revolución interna.
El cuerpo cambia:
- Aparece la menstruación
- Se desarrollan los senos
- Cambia la forma del cuerpo
- Las hormonas se intensifican
Pero más fuerte que los cambios físicos son los emocionales.
La adolescente comienza a preguntarse:
• ¿Quién soy?
• ¿Encajo?
• ¿Me quieren?
• ¿Soy atractiva?
Es una etapa de búsqueda de identidad, de comparación constante, de sensibilidad extrema. Muchas veces es también la etapa donde surgen inseguridades profundas.
Aquí comienza la construcción del amor romántico idealizado, la necesidad de aprobación externa y el deseo de pertenecer.
3️⃣ La juventud: decisiones, presión y expectativas
En la juventud aparecen nuevas responsabilidades:
• Estudios
• Trabajo
• Relaciones formales
• Maternidad (en algunos casos)
Aquí la mujer empieza a asumir roles.
Hija responsable.
Pareja comprensiva.
Madre entregada.
Profesional competente.
Pero en medio de todos esos roles, muchas veces se pierde a sí misma.
Es una etapa donde se aprende a amar… pero no siempre se aprende a amarse.
4️⃣ La adultez: el despertar consciente
Llega un momento —y no tiene edad exacta— donde la mujer se detiene y se pregunta:
¿Estoy viviendo para mí o para los demás?
Aquí comienza el verdadero proceso de amor propio.
No es el amor propio superficial de frases bonitas.
Es el amor propio que:
• Pone límites
• Sana heridas
• Perdona el pasado
• Reconoce errores sin castigarse
• Aprende a decir “no”
• Se elige sin culpa
La mujer adulta que trabaja en sí misma empieza a entender que su valor no depende de:
• Su cuerpo
• Su estado civil
• Su productividad
• La aprobación social
Entiende que su valor es intrínseco.
¿Cómo se siente el amor propio real?
Se siente como paz.
No es perfección.
No es ausencia de problemas.
Es estabilidad interna.
Es mirarte al espejo y aceptar tu historia.
Es abrazar tus cicatrices emocionales.
Es dejar de competir con otras mujeres.
Es comprender que tu proceso es único.
El amor propio maduro no es egoísmo.
Es responsabilidad emocional.
Es decidir sanar para no herir.
Es romper patrones.
Es educar a la siguiente generación desde la conciencia.
Recuerda:
Cada etapa de la mujer tiene belleza y desafío.
Ninguna es más importante que otra.
Todas forman parte de la construcción de nuestra identidad.
Si hoy estás en la adolescencia emocional, date gracia.
Si estás en la juventud confundida, date paciencia.
Si estás en la adultez sanando, date crédito.
Porque convertirte en mujer no ocurre solo cuando el cuerpo cambia.
Ocurre cuando decides hacerte responsable de tu crecimiento.
Y ese es el verdadero renacer.
Con amor, Brenda Goodman


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