Hay un cansancio que no se quita durmiendo. Es el cansancio de la mujer que ha convertido el movimiento en su refugio. La vemos siempre con las manos llenas: ordenando una esquina que ya estaba limpia, organizando agendas ajenas, resolviendo problemas que no le pertenecen. Es la mujer que, si se queda quieta cinco minutos, siente que se desmorona.
Esa hiperactividad no es solo «ganas de ayudar». A menudo, es una herida abierta que intenta sanarse a través del hacer, porque el sentir duele demasiado.
El refugio del quehacer
Para muchas de nosotras, estar ocupadas es una estrategia de supervivencia. Mientras el cuerpo se mueve, la mente no tiene espacio para recordar. Si la casa está impecable, sentimos que nuestra vida también lo está. Pero es un espejismo.
Detrás de la mujer que no prioriza su salud, que ignora su dolor de espalda o que pospone su bienestar emocional, hay una niña que aprendió que su valor dependía de su utilidad. «Si soy útil, soy necesaria; si soy necesaria, no me dejarán sola». Así, el autocuidado se siente como un peligro, porque implica detenerse y enfrentarse al silencio donde habitan las heridas del pasado.
El eco del reclamo: «Nadie me cuida»
Es muy humano caer en el ciclo del reproche. Al darlo todo de manera desmedida, terminamos mirando a nuestro alrededor con amargura, reclamando a los hijos, a la pareja o a los amigos por no darnos ese cuidado que nosotras mismas nos negamos.
Criticamos al otro por su «falta de atención», pero esa crítica es, en el fondo, un espejo de nuestra propia negligencia. Es doloroso aceptar que estamos esperando que alguien más nos dé el permiso de descansar, cuando ese permiso solo puede venir de nuestro propio corazón. El resentimiento es el veneno que tomamos esperando que el otro se dé cuenta de nuestra sed.
Volver a casa (a ti misma)
Sanar no significa tener la casa perfecta, sino estar en paz dentro de tu propia piel. Para la mujer que siempre busca qué hacer, el mayor acto de valentía no es trabajar más, sino aprender a no hacer nada.
* Abraza tu vulnerabilidad: No eres una máquina de servicio. Eres un ser humano con derecho a estar cansada, a estar triste y a no tener todas las respuestas.
* Haz las paces con el silencio: El silencio no es un enemigo; es el lugar donde tu alma puede finalmente hablarte. Escucha lo que tu cuerpo intenta decirte a través de ese cansancio crónico.
* Reclama tu prioridad: Priorizar tu salud física y emocional no es un acto de egoísmo, es un acto de justicia. No puedes sostener un hogar si tú misma estás rota por dentro.
Creadoras de Cambio, hoy te invito a soltar esa carga que nadie te pidió llevar. Permítete ser la prioridad de tu propia vida. Deja que el polvo se asiente por un momento y ocúpate de lo único que realmente no puede esperar: tu propia sanación.
Si este mensaje habló a tu corazón compártelo con esa mujer que siempre se pospone.
Con amor Brenda Goodman


