Hay etapas de la vida donde todo parece extraño.
No porque estés haciendo algo mal… sino porque estás cambiando.
Y quizá eso es lo más difícil de aceptar: que crecer no siempre se siente bonito.
A veces crecer se siente como perderte un poco antes de encontrarte de nuevo.
Porque llega un momento donde ya no eres quien eras, pero tampoco reconoces completamente a la persona en la que te estás convirtiendo. Y en medio de ese proceso, aparecen las dudas, el cansancio emocional y esa sensación incómoda de no encajar en ningún lugar.
De repente:
- conversaciones que antes disfrutabas ya no te llenan,
- lugares donde te sentías cómoda ahora te drenan,
- personas con las que conectabas empiezan a sentirse lejanas,
- y hasta tú misma comienzas a sentirte diferente.
Y entonces te preguntas:
“¿Qué me está pasando?”
Pero tal vez no te estás perdiendo.
Tal vez estás evolucionando.
Crecer también implica duelo
Muchas veces romantizamos la transformación, pero pocas personas hablan del duelo que existe detrás de ella.
Porque cambiar también significa despedirte:
- de hábitos,
- de versiones antiguas de ti,
- de mentalidades,
- de relaciones,
- y hasta de la necesidad de ser aceptada por todos.
Hay versiones de nosotros que fueron necesarias para sobrevivir ciertas temporadas. Versiones que aprendieron a callarse, a conformarse, a aguantar demasiado, a minimizarse para no incomodar.
Y aunque esas versiones hicieron lo mejor que pudieron… llega un punto donde ya no pueden acompañarte hacia la próxima etapa de tu vida.
Ahí comienza la incomodidad.
No todos entenderán tu transformación
Una de las partes más difíciles de crecer es aceptar que no todos van a entender el proceso.
Habrá personas que dirán:
“Ya tú no eres la misma.”
Y probablemente tengan razón.
Porque la vida cambia. El dolor cambia. La sanidad cambia. Dios cambia.
Ya no reaccionas igual.
Ya no toleras lo mismo.
Ya no te conformas con lo mínimo.
Ya no estás dispuesta a seguir abandonándote por mantener paz con otros.
Pero muchas veces, las personas no extrañan quién eras realmente. Extrañan la versión de ti que era más cómoda para ellas.
La que no ponía límites.
La que siempre estaba disponible.
La que se quedaba incluso cuando se estaba rompiendo por dentro.
Por eso crecer puede sentirse tan solitario.
Dios también trabaja en silencio
Hay procesos donde parece que nada está pasando, pero por dentro todo está cambiando.
Y creo que ahí es donde más necesitamos confiar.
Porque Dios muchas veces trabaja primero en lo invisible:
- en tu manera de pensar,
- en tu corazón,
- en tu identidad,
- en lo que toleras,
- en cómo te ves a ti misma.
Antes de cambiar tu entorno, muchas veces cambia tu interior.
Y aunque el proceso se sienta lento, incómodo o silencioso… eso no significa que estés estancada.
Tal vez estás siendo preparada.
Como David antes del trono.
Como Esther antes del propósito.
Como Moisés antes de liberar un pueblo.
Hay temporadas donde el cielo parece silencioso, pero eso no significa abandono.
La nueva tú todavía está aprendiendo a existir
A veces somos demasiado duros con nosotros mismos durante los procesos de transformación.
Queremos tener respuestas rápidas.
Queremos sentirnos seguras inmediatamente.
Queremos entenderlo todo de una vez.
Pero la transformación también necesita paciencia.
La nueva versión de ti está aprendiendo:
- a pensar distinto,
- a sanar,
- a poner límites,
- a confiar otra vez,
- a amarse correctamente,
- a vivir desde un lugar más sano.
Y eso toma tiempo.
No tienes que tener todo claro para seguir avanzando.
Tal vez no te estás perdiendo…
Tal vez solo estás dejando atrás una versión de ti que ya cumplió su propósito.
Y aunque hoy todo se sienta incómodo, confuso o emocionalmente pesado… quizá un día mirarás hacia atrás y entenderás que este proceso no vino a destruirte.
Vino a transformarte.
Así que ten paciencia contigo.
Porque la versión de ti que está naciendo probablemente todavía se siente incómoda… pero eso no significa que algo esté mal contigo.
Tal vez apenas te estás convirtiendo en quien siempre debías ser.


Deja un comentario