Hay momentos en los que la vida nos obliga a detenernos.
No porque hayamos dejado de tener sueños, ni porque nos falten ganas de seguir, sino porque simplemente necesitamos respirar.
A veces queremos continuar resolviéndolo todo, cumpliendo con todos, siendo fuertes para nuestra familia, nuestro trabajo y quienes nos rodean. Pero llega un momento en que el corazón también necesita descansar.
Y quizá una de las cosas más difíciles de aceptar es que hacer una pausa no significa rendirse.
Hay pausas que Dios permite para que podamos escucharlo nuevamente. Para que dejemos de correr y podamos reconocer aquello que, en medio del ruido, habíamos dejado de ver.
Quizás hoy no tengas todas las respuestas. Quizás estés atravesando una temporada que no escogiste y no entiendas por qué algunas cosas están sucediendo.
Pero recuerda esto: Dios también está presente en las pausas.
Él no deja de trabajar porque tú estés cansada. No deja de sostenerte porque hoy no tengas fuerzas. Y no deja de tener un propósito para tu vida porque estés atravesando una temporada difícil.
A veces, descansar también es un acto de fe.
Es decirle a Dios: “No puedo con todo, pero confío en que Tú sí puedes”.
Así que si hoy necesitas hacer una pausa, hazla sin culpa.
Respira. Ora. Llora si necesitas hacerlo. Guarda silencio. Vuelve a ti.
Y cuando estés lista, vuelve a levantarte.
No tienes que hacerlo todo hoy.
Dios sigue siendo tu fortaleza, incluso cuando tus fuerzas parecen haberse agotado.
Quizás esta pausa no sea el final del camino.
Quizás sea simplemente el lugar donde Dios está preparando tu corazón para lo que viene.


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