Creadora de Cambio. Mujer Resiliente.

Un blog para mujeres resilientes que transforman sus heridas en fuerza, su historia en propósito y sus sueños en inspiración para otras.

Cuando Dios responde, pero todavía tienes que esperar

Hay algo que pocas veces nos enseñan sobre la fe: a veces oramos, Dios responde… pero la respuesta no llega en la forma ni en el momento que esperábamos.

Y entonces comienza otra parte del proceso: esperar.

La semana pasada hablábamos de esos momentos en los que todo parece un caos y, aun así, Dios responde.

Pero hoy quiero hablarte de lo que ocurre después.

Porque quizás has orado.

Has llorado.

Has preguntado.

Has puesto esa situación en las manos de Dios.

Y aunque sabes que Él te escucha, todavía no ves el cambio que estás esperando.

Y ahí es donde la fe deja de ser solamente una palabra bonita y comienza a convertirse en una decisión diaria.

¿Y si Dios está obrando aunque yo todavía no lo vea?

A veces creemos que si Dios está trabajando en nuestra situación, inmediatamente veremos resultados.

Queremos la puerta abierta, la respuesta clara, la solución completa.

Pero Dios no siempre trabaja de esa manera.

Hay procesos que ocurren en silencio.

Hay semillas que primero tienen que echar raíces antes de salir a la superficie.

Y quizás eso también está sucediendo contigo.

Tal vez estás mirando tu situación y pensando:

“Señor, yo sé que estás conmigo… pero ¿cuándo va a cambiar esto?”

No tienes que sentirte culpable por hacer esa pregunta.

Dios conoce nuestro corazón. Él sabe cuándo estamos cansadas, cuándo tenemos miedo y cuándo nuestra paciencia comienza a agotarse.

La Biblia dice:

“Pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas…”
Isaías 40:31

Observa algo: el versículo no dice que quienes esperan nunca se cansan.

Dice que recibirán nuevas fuerzas.

Eso significa que puede haber días en los que estés cansada.

Días en los que no entiendas.

Días en los que tengas que volver a orar por lo mismo.

Y aun así, Dios puede sostenerte.

Esperar también es confiar

Esperar en Dios no significa quedarnos de brazos cruzados.

Significa continuar caminando sin permitir que la desesperación tome decisiones por nosotros.

Porque cuando estamos cansadas de esperar, podemos comenzar a aceptar cualquier cosa simplemente porque queremos que algo cambie.

Podemos regresar a lugares de los que Dios nos estaba sacando.

Podemos tomar decisiones impulsivas.

Podemos intentar controlar aquello que ya habíamos entregado.

Y quizás hoy Dios te está diciendo:

“No corras delante de mí.”

Hay cosas que no necesitan que las fuerces.

Necesitan que las pongas nuevamente en las manos de Dios.

Eso no significa dejar de actuar cuando corresponde. Significa aprender a distinguir entre hacer nuestra parte y querer ocupar el lugar de Dios.

Dios no llega tarde

Una de las cosas más difíciles de la espera es ver que otras personas parecen avanzar mientras nosotros seguimos en el mismo lugar.

Alguien consigue aquello que tú llevas años pidiendo.

Alguien comienza una nueva etapa mientras tú todavía estás intentando cerrar la anterior.

Alguien recibe una respuesta mientras tú continúas esperando.

Y sin darte cuenta, empiezas a preguntarte:

“¿Y yo, Señor?”

Pero Dios no trabaja con nuestro calendario.

La historia de Lázaro en Juan 11 nos recuerda algo poderoso.

Jesús sabía que Lázaro estaba enfermo. Sin embargo, no llegó inmediatamente.

Desde nuestra perspectiva, parecía tarde.

Pero Jesús llegó.

Y cuando llegó, hizo algo que nadie esperaba.

A veces nosotros llamamos “demora” a lo que Dios está utilizando para mostrarnos que Él sigue teniendo el control.

No siempre entenderemos sus tiempos.

Pero podemos confiar en su carácter.

Mientras esperas, Dios también te está formando

Quizás has estado pidiendo que Dios cambie una circunstancia y no te has detenido a pensar que, mientras esperas, Dios también puede estar cambiándote a ti.

Puede estar enseñándote paciencia.

Dependencia.

Discernimiento.

Perdón.

Límites.

Fortaleza.

Puede estar enseñándote a dejar de buscar tu seguridad en aquello que cambia y comenzar a encontrarla en Él.

Y eso también es respuesta.

Porque algunas veces queremos que Dios cambie nuestra situación, pero Él comienza trabajando primero en nuestro corazón.

No porque ignore lo que estamos viviendo.

Sino porque sabe exactamente lo que necesitamos para atravesarlo.

No confundas silencio con ausencia

Hay temporadas en las que oras y parece que el cielo está en silencio.

Pero el silencio de Dios no significa que Dios se haya ido.

Una madre puede estar en silencio mientras observa a su hijo aprender algo.

Un agricultor puede sembrar y durante días no ver nada.

Y debajo de la tierra, algo está ocurriendo.

Tal vez hoy tú tampoco puedes verlo.

Pero eso no significa que no esté pasando nada.

Dios sigue siendo Dios en los días en que tienes respuestas y en los días en que solamente tienes preguntas.

Y quizás esa sea una de las formas más profundas de crecer en la fe: aprender a confiar en Dios no solamente cuando vemos su mano, sino también cuando todavía estamos esperando verla.

Si hoy estás esperando…

Si estás esperando una respuesta de Dios, quiero recordarte algo:

No tienes que fingir que no te duele.

Puedes llorar y seguir creyendo.

Puedes tener miedo y seguir confiando.

Puedes sentirte cansada y continuar caminando.

Puedes no entender y aun así decir:

“Señor, no entiendo lo que estás haciendo, pero confío en Ti.”

Esa oración también es fe.

Y si hoy solamente puedes hacer una cosa, haz esto:

No sueltes la mano de Dios por desesperarte con el proceso.

Sigue orando.

Sigue haciendo lo que te corresponde.

Sigue cuidando tu corazón.

Sigue caminando.

Y deja que Dios se encargue de aquello que solamente Él puede hacer.

Porque quizás todavía no estás viendo el final de la historia.

Pero Dios sí.

Y si algo he aprendido, es que no necesitamos conocer cada paso cuando sabemos quién dirige el camino.

Una oración para hoy

Señor,

hay cosas que todavía no entiendo.

Hay respuestas que sigo esperando y momentos en los que me pregunto por qué algunas cosas están tardando tanto.

Pero hoy decido entregarte nuevamente aquello que tantas veces he intentado controlar.

Dame paciencia para esperar tus tiempos.

Dame sabiduría para reconocer qué debo hacer y qué debo dejar en tus manos.

Cuando me sienta cansada, dame nuevas fuerzas.

Cuando tenga miedo, recuérdame que estás conmigo.

Y cuando no pueda ver lo que estás haciendo, ayúdame a confiar en quién eres.

No permitas que mi desesperación me haga correr delante de Ti.

Quiero aprender a esperar contigo.

A caminar contigo.

Y a confiar en que, aunque todavía no vea la respuesta, Tú sigues obrando.

En el nombre de Jesús.

Amén.

Para ti, mujer que estás esperando

Quizás nadie sabe cuánto llevas esperando.

Quizás sonríes durante el día mientras por dentro tienes una conversación constante con Dios.

Quizás has dicho muchas veces: “Ya no puedo más.”

Pero aquí estás.

Y eso también cuenta.

No estás caminando sola.

Dios está contigo en la espera, en el proceso y también estará contigo cuando llegue aquello por lo que tanto has orado.

No abandones tu fe solamente porque todavía no puedes ver el resultado.

A veces, antes de mostrarnos el fruto, Dios nos enseña a confiar en la raíz.

Espera. Ora. Camina. Confía.

Dios no ha terminado contigo.


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